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Día 63 - Epílogo

Día 63 - Epílogo

Notapor Hiruma Haohmaru » Dom Jun 10, 2012 11:06 pm

Haohmaru terminó de pulir el colgante ancestral de su familia y lo examinó con ojo crítico en busca de alguna imperfección sin encontrarla. Sus ancestros no habían vuelto a despertar el nemuranai desde que se enfrentase a Kuroda, pero no necesitaba que lo hiciesen para saber que estaban con él. Henchido de orgullo se lo fijó al cuello mientras los sirvientes cargaban con su exiguo aunque pesado equipaje y lo llevaban hacia el patio de Kyuden Ippôyakku.

Se sentía bien... muy bien, de hecho. Dormir por las noches era una novedad a la que no creía que fuese a tener tiempo de acostumbrarse, pero esa mañana, fresca y soleada, resultaba perfecta tras un descanso en el que los únicos sueños que habían hecho acto de presencia eran los que podría tener cualquier samurai que sabe que ha hecho lo que debía. Cerró tras de sí la fusama de la que había sido su habitación hasta entonces y se giró para encontrarse cara a cara con Hida Yorizane, hierática y silenciosa. Le había entregado las espadas de su hermano la noche en que volvieron de acabar con el brujo y había asumido el destino de su gemelo como la Cangrejo que era.
Los dos bushi mostraron el respeto mutuo que se profesaban con una inclinación pronunciada, sin palabras, y Haohmaru siguió andando hacia el exterior.

Allí, en el patio, el palanquín estaba ya montado y esperaba, mas el Hiruma no hizo gesto de subir. En su lugar adoptó una postura cómoda para esperar y colocó ambas manos en el obi como tenía por costumbre, sin mover el daysho. A su espalda, colgando pero firmemente sujeta, estaba la cesta con la cabeza que tenía que llegar a Kyuden Hida; un macabro presente que iba a producir a la vez asco y satisfacción entre los samurais de su clan.

Y entonces sintió que lo observaban. Una samurai-ko, una cortesana vestida de rojo con un fino antifaz y acompañada de una doncella, ambas con el Escorpión bordado en el kimono, parecía que había decidido salir temprano esa mañana. La partida de Haohmaru no se había anunciado ni tampoco era un secreto, pero no esperaba que la embajadora del Escorpión en persona quisiera despedirle. Shosuro Mariko inclinó con suavidad su cabeza en reconocimiento y honor del bushi que esperaba en el patio, y éste correspondió al gesto antes de que unos resoplidos interrumpiesen el hilo de sus pensamientos. Una muchacha vestida con un kimono de ribetes morados se esforzaba en andar con un die-tsuchi de aspecto pesado firmemente sujeto en sus manos y jadeaba por el esfuerzo. Volviendo la vista, el Cangrejo vio que la Shosuro ya le había dado la espalda y se iba hacia los jardines con una sombrilla abierta y apoyada sobre su delicado hombro. En la sombrilla, el feroz dibujo de una máscara de oni abría la boca en una mueca muda pero con un mensaje muy elocuente que Haohmaru entendió.

Y su atención volvió a la muchacha, que habiendo llegado a su vera se apoyaba en el martillo y recuperaba el resuello. La visión era cuanto menos hilarante y Haohmaru actuó como debía: riéndose a carcajadas ante la mirada entre avergonzada y furibunda de Oyumi, aunque tuvo el aplomo suficiente como para no quejarse.-Vamos Oyumi, con brío. Tenemos que fortalecer esos brazos antes del próximo invierno y no será fácil. Oyumi es un buen nombre para una niña, pero no para una samurai-ko preparada del Cangrejo, y si vas a entrar en mi familia primero tienes que ganarte el derecho a un buen nombre.

Recordó las palabras de la sacerdotisa de Bentén y sonrió para sus adentros. Decididamente las Fortunas eran caprichosas y gustaban de sorprender a los mortales. Cuando Kuni Sayuri le había dicho que debía terminar la formación de Oyumi en la Muralla y prepararla para obtener su nombre antes de que pudiese casarse con él, apenas si había podido ocultar su sorpresa. Lo había dado todo pensando que su destino era llevar la Lanza de Bishamón a su tierra y éste, en lugar de un arma, le había otorgado la fuerza para derrotar al traidor de su familia. Y Bentén le regalaba una esposa con carácter siempre que fuese capaz de prepararla para sobrevivir en las Tierras Sombrías. Decididamente nada había sido lo esperado durante el tiempo que había pasado en la Corte de Invierno.

En todo eso y en mucho más pensaba Haohmaru en silencio durante el trayecto que había entre la fortaleza y el puerto de la ciudad... Habían sido semanas de mucha intensidad tanto física como mental. Había combatido contra más enemigos peligrosos en el último mes que en toda la última primavera, pero finalmente había vencido. Los caídos por las acciones de Kuroda en los últimos siglos podían finalmente descansar en paz. Habría estado bien terminar la corte, sí, pero... su camino era otro. Contempló las tierras nevadas que rodeaban Ippôyakku no Toshi y dejó que su mente vagase ante las múltiples posibilidades que las Fortunas podrían antojarse ofrecerle. ¿Quién sabe? Quizás no sería la última vez que pisara una corte...

............

-Estamos listos para llevarle al barco, samurai-sama.-Dijo el marinero con respeto una vez el equipaje del Cangrejo y la muchacha estuvo asegurado en la pequeña embarcación. La nave estaba anclada en el mar a poca distancia del puerto, esperándole, y el Cangrejo no tenía la menor intención de pasar más tiempo del necesario rodeado de agua, así que asintió y se subió al esquife reprimiendo el desasoiego que sentía siempre que notaba un armazón de madera moviéndose bajo sus pies independientemente de sus deseos. Pero era el momento de mirar hacia delante, así que en lugar de sentarse y esperar a llegar, Haohmaru permaneción de pie en la proa y miró al horizonte, el rostro acariciado por la fría brisa marina, los ojos entrecerrados por el sol brillante al reflejarse en las aguas. A lo lejos, en lo alto de un acantilado, le pareció ver una figura alta y rapada que permanecía de pie, inmóvil. Le pareció ver que la figura levantaba un brazo a modo de despedida, así que lo imitó, los ojos lagrimeando por el sol. Tuvo que retirar la vista un segundo para recuperar la visión, mas al volver a mirar la colina no encontró a nadie. Quizás había sido sólo su imaginación... aunque el Hiruma sinceramente esperaba que no.

El barco esperaba no muy lejos, el bullicio de la ciudad parecía un susurro entre las olas. Haohmaru volvió la vista atrás y contempló el camino que quedaba tras de si. Rostros y momentos pasaron por su memoria... Un parco gigante Shiba y una desconcertante bushi Akodo. Un ceñudo cazador Kuni y un voluntarioso e infantil Zorro. El competente Isawa y la valiente Unicornio de melena color fuego. Se acordó de la accidentada carrera por el bosque con la joven Grulla que terminaría en el Escorpión y no pudo evitar volver a reir. Recordó al gemelo que había muerto a su lado y al Bayushi que había demostrado con hechos que se podía echar de menos a un Escorpión. Haohmaru recordó la pipa que no había podido regalar y que guardaba junto a un kimono que jamás pensó que tendría.

En ocasiones las amistades más fuertes surgen en los momentos de mayor crisis. Y en ocasiones esas amistades se truncan antes de lo que deben.

Es la vida de un samurai.

Y así, con ese pensamiento, Hiruma Haohmaru, bushi Cangrejo del colegio de guerra Hida y samurai del Imperio Esmeralda, partió de tierras Fénix camino de las tierras de su clan...


FIN


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