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Crónica de una muerte anunciada. Mañana del día 53

Temas Finalizados de la Octava Semana

Crónica de una muerte anunciada. Mañana del día 53

Notapor Bayushi Kahei » Jue Sep 24, 2009 6:28 pm

Bayushi Kahei

La mañana era gélida y el cielo parecía de un gris plomizo, con un sol somnoliento aunque extrañamente luminoso a pesar de todo. A través del balcón de madera podrida entraba en las habitaciones del escorpión el frio aire de la montaña y el sonido de los cuervos que aleteaban sobre la techumbre, revoloteando extrañamente excitados, como si adivinasen cuanto estaba a punto de suceder.
Kahei meditaba con los ojos cerrados desde hacía horas, pero al escuchar el graznido de aquellas aves una imagen premonitoria golpeó su mente.
Su propio rostro hundido sobre sus hombros, inerte, con varios mechones de su cabello cobrizo arrancados por el picoteo de las aves, las cuencas de los ojos vacías y el rostro convertido en un sanguinolento amasijo de carne, plumas y excrementos de cuervo.
El bushi resopló despacio, intranquilo. Abrió los ojos y caminó hasta el katanake, que estaba escoltado por su yoroi negro y la bandera de guerra familiar y se sentó en seiza, cabizbajo frente a todas aquellas reliquias familiares. En un perfecto silencio. Manteniendo la misma postura que había guardado durante toda la reciente velada empleada en meditar en profundidad sobre su vida, sus crímenes y sobre sus muchos errores.
No había implorado perdón a las Fortunas, aunque así lo aconsejaba la ceremonia, pues sabía que tal cosa no era posible para un asesino. Sin embargo, había dedicado buena parte de su tiempo para implorar el perdón de sus ancestros. Había tratado de servir al Imperio, al fin y al cabo, aunque los métodos no fuesen los que aconsejaban los ideales y la ética.
Al cabo de un rato, el samurai tomó tinta y un pergamino y plasmó en él su última voluntad con una letra estilizada, perfecta. El Bayushi se permitió sonreir por primera vez en días con cierta alegría, observando la letra y algunos de los nombres de su contenido.
Plegó el documento con cuidado y regresó al sueño de la muerte del guerrero.


El escorpión terminó de meditar varias horas después, con el ceño fruncido. Trataba de borrar todavía de su mente aquella imagen cruel y descarnada de su propio rostro para regresar de nuevo a la paz mental anterior. Algo que era absolutamente necesario para llevar a cabo la ceremonia correctamente, pero las Fortunas, o más bien su sentimiento de culpa, no lo permitió.
Kahei aceptó aquella carga como una parte más de su redención y asumió la ausencia de paz espiritual como algo inevitable.
Caminó hacia el lugar que había preparado mientras se repetía a si mismo algo que casi se había convertido en un mantra, una par de palabras fuera de contexto que habían llegado a perder todo su significado tras cientos de repeticiones.
... perfecto para morir…
El samurái tomó sus ropas frente al espejo y con una seriedad solemne comenzó a vestir con metódico cuidado el kimono de color blanco.
Una vez vestido, contempló su propia figura frente al espejo roto que adornaba una de las paredes. Un extraño lujo para un lugar que se caía a pedazos, pensó.
El rostro serio, cetrino. Mirada profunda, gesto grave y visibles signos de cansancio. Por lo demás, el porte del samurái era imponente, tan digno como pudiera serlo el del mejor de los guerreros antes de una batalla crucial.
Sin embargo, Kahei se veía a sí mismo raro vestido completamente de blanco.
Abandonó la imagen de aquél extraño que le devolvía el espejo como abandonaría todo lo demás en breve. Sin mirar atrás, con una determinación mas allá de cualquier cosa.

Acudió entonces hasta el lugar que había preparado para la ceremonia; una austera esterilla coronada por un cojín blanco que estaba escoltado por dos velas encendidas. Frente a él reposaba un tanto sobre un lienzo negro cuidadosamente doblado. La hoja estaba terriblemente afilada, pues el propio guerrero había dedicado buena parte de la tarde anterior a asegurar el filo con esmero y profesional dedicación.
Se sentó en seiza frente al arma ceremonial y trató de arrancarle a las musas un último haiku.
Cuando escogió las palabras adecuadas, tomó de nuevo tinta y papel y escribió sus últimas letras.

Con alas negras
Llega un último grito
Desde el infierno


Abandonó el papel a un lado con cuidado y observó el arma que reposaba frente a él.
No tendría kaishanu-nin, no se había atrevido a pedirle algo así a nadie que conociese, así que estaba seguro de que le sería imposible mantener la dignidad que se esperaba de un samurai en aquél trance. Sufriría, agonizaría y probablemente acabaría sus últimos segundos gritando, gruñendo o sollozando de dolor. Era difícil prepararse para eso sin la certeza de que un ultimo golpe amigo frenase aquél castigo, pero era lo que había. Se había preparado mentalmente para ello durante semanas, al fin y al cabo.
Había vivido solo durante buena parte de su vida así que morir solo y sin asistencia no era tan terrible.
Y podré usar sombrero en el Jigoku – se dijo sonriendo con esa malicia tan característica.
Entonces el Bayushi decidió que estaba tan preparado como podría estarlo para emprender el último viaje. Tomó el tanto con exquisito cuidado y apuntó el filo aún húmedo por el sake hacia su abdomen.
Lo mantuvo así mientras dedicaba un postrero pensamiento a todos aquellos samurái que le habían inspirado algo bueno en sus semanas de corte. Yuki, Mariko, Haohmaru, Aoshi y algunos otros.

Kahei clavó el puñal sobre su vientre una vez hubo reunido el valor necesario y sintió un punzante estremecimiento. Giró la hoja hacia la derecha con un terrible dolor y cuando sentía que su vista se oscurecía y que la sangre manaba de sus labios hizo un último esfuerzo, gruñendo de rabia o de pundonor, hasta llegar al corazón.
Escuchó un siniestro batir de alas mientras la vida se le escapaba a toda velocidad y perdía la visión.

Y después, no hubo nada.
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Re: Crónica de una muerte anunciada. Mañana del día 53

Notapor Soshi Mishi » Mié May 26, 2010 5:49 pm

Oculto:
El kaisakunin envainó su katana y volvió a colocarse su máscara. Su presencia no había sido necesaria.
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Soshi Mishi
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