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Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Temas Finalizados de la Novena Semana

Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Otomo Ieyasu » Dom Ene 13, 2013 2:13 pm

*Había quedado complacido por la calidad encontrada como un discreto tesoro en La Flor de Loto, de tal modo que sus chefs competían en pericia con los del kyuden. Bien cierto era que allí podía haber reclamado una opípara comida para mi acompañante y para mí, pero en ese caso Soshi Keiko no me habría diferenciado de cualquier otro cortesano con más ínfulas que buen gusto, un riesgo que no estaba dispuesto a correr bajo ningún concepto. ¿Por qué razón? Porque tengo el poder y el estilo, y si un Otomo no es capaz de demostrar que lo es más le vale casarse y acabar en una corte perdida, como la de los Kuni o los Moto. Me deleitaba con unos aperitivos de hongos mientras calculaba que ella estaría arreglándose en La Envidia de la Peonía, la posada a decenas de metros del restaurante.

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Otomo Ieyasu
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Soshi Keiko » Lun Ene 14, 2013 12:52 am

Me disponía a maquillarme para acudir a la cita prevista con Otomo Ieyasu cuando me advirtieron que un criado me buscaba. Asentí a mi criada y me tomé unos segundos para cubrir mi cuerpo con algunas prendas mientras me traían la misiva. El tacto suave era agradable, el olor de la tinta y los elegantes trazos... todo emanaba perfección.

El contenido era sorprendente, obtener una habitación en la posada para evitarme la supuesta molestia de acudir desde el castillo al lugar de la cita no dejaba de ser una ostentación enorme e innecesaria. Sonreí no sin cierta coquetería. Agradaba volver a encontrarme entre personas con modales adecuados.

-Prepara la ropa que te dije antes -indiqué incorporandome- partiré de inmediato y me prepararé en la Envidia de la Peonía.

La criada asintió y comenzó a moverse a toda prisa, pero dejé de prestarle atención mientras me aseguraba de tener todo lo necesario para esa noche.

Me gustaría decir que el viaje en palanquín fue agradable pero nunca había logrado obtener el menor goce en esa forma de viaje, pero lo sufría sin demasiados contratiempos puesto que tenía en la cabeza asuntos que me permitieron distraerme lo bastante como para lograr que apenas me diera cuenta del tiempo que había tardado en alcanzar el destino.

Los criados de la posada se apresuraron a tomar mi equipaje y guiarme al interior, a la sala que Ieyasu mencionaba en su carta, dentro de la cual me aguardaba la segunda sorpresa de la noche. Tras leer la segunda nota quise sentirme ofendida pero lo cierto es que mi mano, independientemente de mi decisión, estaba apartando el papel de seda que envolvía el hermoso kimono y acariciaba la lujosa tela, disfrutando de su tacto suave y fresco. Bajo el obi y el los ropajes había unos tabi especialmente delicados que lograron sorprenderme.

Sin querer había decidido ceder a su petición y emplear sus ropas esa noche... fuese cual fuese quería descubrir el juego que había detrás de todo aquello, como bien reza el dicho, está en mi naturaleza.

Así cuando descorrí la puerta de la sala donde Ieyasu me aguardaba con aire calmado, en la Flor de Loto, me empujaba la curiosidad y una cálida sensación de estar lanzandome a un juego desconocido.

El lugar era digno de tanto preparativo, maderas nobles, cojines mullidos y un excelente gusto en la decoración y en los motivos de ikebana.

Me incliné profundamente ante él y le dejé disfrutar de la visión que pretendía, estaba ante él con el pelo recogido en un moño elaborado, sujeto con pasadores lacados en negro, pero al margen de mi maquillaje, peinado y mi máscara todo lo demás lo había escogido él, se trataba de representar el encuentro que había diseñado para nosotros. Resultaba... interesante. Ah... no, había otro detalle... había traído conmigo el abanico rojo que ella me había regalado, era una oportunidad única donde poder llevarlo.

-Otomo Ieyasu-sama -dije con tono neutro-, crucé la puerta tras incorporarme y cerré tras de mi con gestos pausados y tranquilos. Al volverme de nuevo hacia él no pude contener mi curiosidad- ¿Satisface lo que veis vuestras expectativas?
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Otomo Ieyasu » Lun Ene 14, 2013 11:42 pm

*Conforme la puerta se deslizaba con suavidad, admiré el perfume de la dama Escorpión que invadía con sutileza la habitación, al menos para alguien con unos sentidos tan agudos como los míos. Disfruté de la elegancia de sus movimientos, comparando con la imagen mental que me había hecho de antemano, y todo encajaba como un puzzle cósmico. Tal vez no fuese el mayor experto en moda de todo el Imperio, pero me tenía en alta estima en lo referente al peso de mis opiniones sobre el arbitraje del buen gusto en la corte de la capital y, desde allí, a las provincias de todos los súbditos del emperador. Claro que cada mujer era diferente, primero por el clan y la familia, y luego a título individual.

- Soshi Keiko-san, en verdad he de afirmar que me gusta lo que veo. Sois bella, aunque con eso no descubro nada: una mirada profunda e intensa, una sonrisa encantadora y sensual y no necesito seguir alabando vuestra belleza. Y estáis bella hoy, puesto que habéis combinado los elementos de una manera astuta y sensual, lo que es señal de buen gusto, algo que no se adquiere, sino que se nace; hasta diría que en vuestra familia hubo algún o alguna Shosuro. Lo único que no puedo calibrar es aquello que no veo.

*Para evitar suspicacias en vez de cualquier bebida alcohólica para comer, me había decidido por el té. Serví a mi invitada antes que a mí.

- Está mezcla se llama Las Diez Mil Campanas, cultivado en tierras de la familia Seppun. Especiado con jengibre y anís de estrella. Ayudará a que abramos el apetito, el chef ha pasado mi examen de excelencia. ¿Qué tal ha resultado vuestro viaje, Soshi Keiko-san?

*Dejé que la pregunta fuese ambigua, tanto me podía referir desde el kyuden hasta aquí, o desde donde viniese hasta la Corte de Invierno.
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Soshi Keiko » Vie Ene 18, 2013 9:58 pm

Desplegué el abanico ante mi rostro para ocultar la sonrisa que los halagos estaban a punto de hacer aparecer en mi sonrisa. Sin duda Ieyasu era un hombre acostumbrado a causar buena sensación, a conseguir que las sensaciones y prejuicios se dobleguen ante sus dulces palabras.

-¿ Queréis profundizar en mi linaje? -le repliqué con interés- ¿Acaso pretendéis buscar esposo para mi? No se si el clan ha decidido que ese momento haya llegado aún.

Su explicación sobre el té se ganó un asentimiento, la precisión con la que conocía todo lo que me ofrecía, ya fuesen ropajes o una bebida, era exquisita. Se trataba de un samurai con una extraordinaria atención al detalle capaz de ganarse la admiración de cualquiera.

-Mi viaje ha sido inesperado, sin duda... estuve tentada de sentirme insultada pero comprendí que un hombre de vuestra posición no se rebajaría a un insulto tan burdo, así que acepté que se trataba de lo que parecía, un juego. Y como sin duda ya sabéis en el Escorpión nos cuesta resistirnos a jugar una buena partida. Bajo ningún concepto.
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Otomo Ieyasu » Mié Ene 23, 2013 2:03 pm

- No, no tiene que ver con vuestro linaje, Soshi Keiko san. Yo no soy un experto como algunos samurai del palacio del Emperador, o del palacio de mi familia, que a través de un rostro y un apellido son capaces de trazar la línea de sangre hasta el fundador, o el ancestro más lejano. Mis conocimientos de heráldica no son muy amplios como para poder hacer esos alardes, y vuestro clan gusta de estar envuelto en brumas, de modo que sé poco de los Soshi, más allá de todos los grandes avances de Soshi Saibankan, quien ideó el actual sistema de leyes en el Imperio.

- El insulto sería buscaros un marido sin que vuestro clan, o vos misma me expresáseis ese deseo. No soy un nakodo experto, me he limitado a algún enlace menor con éxito, sustentado en lo bien que conocía a ambos cónyuges. Vuestro caso es diferente, pues una shugenja necesita un esposo que también lo sea, salvo casos excepcionales tal como sustentar una posición política. El viaje lo consideré algo necesario, porque las maravillas de palacio os las pueden mostrar muchas personas, mientras que las de la ciudad no son tan conocidas. ¿Por qué no, si es posible, disfrutar de ambas? ¿No se disfruta más de una obra de teatro desconocida, inesperada, que ver la misma repetida una y otra vez?
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Soshi Keiko » Vie Feb 01, 2013 12:11 am

Sonreí al cortesano que tan hábilmente cubría los posibles dobles sentidos en sus palabras... sin duda no quería crear ninguna mala impresión.

-Pero sin duda el conocimiento de una obra nos permite profundizar en los detalles, admirar una interpretación más intensa y que reviva las emociones del texto con mayor habilidad. A veces la novedad nos impide apreciar los matices, saborear los detalles... y una obra de teatro es como un río, aunque parece el mismo siempre podemos encontrar algo distinto en ella.

Tomé el té y tras disfrutar del olor del mismo ascendiendo frente a mi rostro moje mis labios en él, dejé que el líquido, fuerte y con un punto amargo, cayera en mi boca y hasta mi garganta.

-Pero disfrutar de nuevas experiencias también es un placer que no debe ser desdeñado. Podemos obtener agradables sorpresas.
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Otomo Ieyasu » Jue Feb 14, 2013 7:02 pm

- Dejando al margen el arte en el que existe un vehículo diferenciador, como los actores y actrices, el narrador o el poeta, cuya calidad modificaría nuestra percepción, ciñámonos a contemplar un cuadro. O leer una historia. La segunda contemplación permite apreciar la maestría de los trazos, de la segunda lectura sacamos las figuras literarias y su uso en la obra... el tercer visionado nos lleva a la iluminación de la escena, los clarooscuros en medio de la policromía, la mixtura de realismo y magia, entre las líneas por las que pasan nuestros ojos la estructura interna se revela como una figura a la que se ciñe el obi, el estilismo emanando de cada grupo de kanjis... sí, todo eso es magnífico. Sin embargo, la emoción, el impacto en el alma, eso es algo que sólo permite la primera experiencia. ¿No son las primeras experiencias que habéis tenido las que más os han marcado, Soshi Keiko-san?
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Soshi Keiko » Dom Feb 17, 2013 10:41 pm

-Sin duda las primeras veces son aquellas que van a decidir algunas cosas sobre nosotros mismos... pero os aseguro que en algunos campos ha sido la experiencia y un conocimiento profundo lo que me ha reportado un mayor e intenso goce.

Con cuidado llevó la taza a sus labios de nuevo, mientras dejaba que Ieyasu meditara las palabras.

-Hacía mucho que no tenía ocasión de departir con una mente afilada acerca del arte y las emociones humanas, si toda la noche transcurre como hasta ahora estoy en situación de afirmar que habrá merecido la pena.
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Otomo Ieyasu » Lun Feb 25, 2013 8:58 pm

- Eso no lo puedo refutar. Todo depende de qué os ha hecho disfrutar. Una obra de teatro no la interpretan igual un grupo de saltimbanquis heimin que van errantes de una aldea a otra, mendigando comida o alojamiento al final de la función que por una prestigiosa compañía como, por ejemplo, la del Cisne Dorado que se aloja y actúa en esta Corte de Invierno, y un viejo narrador que actúa en tabernas a cambio de unas escudillas de sake nunca llegará a la maestría de un bardo Ikoma. Hasta cierto punto unos y otros lo hacen diferente, nuevo. Cuando existe un agente a través del cual se interpreta. Es igual que proporcionar una caricia, depende de quién provenga suscita una reacción u otra.
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Re: Día 62, noche. Delicias de la pálida luna de invierno

Notapor Soshi Keiko » Sab Mar 02, 2013 10:59 pm

Asentí ante alguna de sus palabras, coincidiendo en sus apreciaciones aunque sus ultimas palabras me hicieron sonreir con discreción, para evitar que el gesto fuera demasiado descarado alcé despacio la taza frente a mi rostro, aspiré el aroma intenso pero no bebí aún.

-¡Qué sorpresa, Ieyasu-sama! Antes de veros ya habría asegurado que seriais un experto en teatro y muchas otras formas de arte, pero ahora, de vuestros propios labios -dije pronunciando despacio- descubro que vuestras capacidades y maestrías alcanzan también el delicado terreno de las caricias. ¿Sois un galante conquistador, mi noble señor?
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